dissabte, 4 de setembre del 2010

Existo, pero el tiempo desaparece

Qué sensación más extraña, el perder el corazón.
En la apariencia, todo sigue igual: ese musculo en el pecho sigue latiendo y cumpliendo su función con una inquietante regularidad, bombeando sangre a el resto del cuerpo y volviendola a traer de vuelta.
Sistole, diastole, sistole, diastole.
Entonces, ¿Cuál es la diferencia? Un paso, detras de otro, y otro mas.
Ando por la calle apenas consciente de mi alrededor; sinceramente, ¿Qué más da?
La gente pasa por mi lado como si no existiera, y yo hago otro tanto de lo mismo.
Ni siquiera miro a los lados para cruzar la calle.
Irónicamente, por primera vez en mi vida puedo apreciar la belleza de Ronda.
Puede que sea una ciudad aburrida, monótona y agobiante, pero es innegable que es un lugar diferente.
Sus retorcidas calles, sus cuestas casi verticales y los árboles agarrados al borde del acantilado que la rodea la hacen una ciudad agreste, salvaje y bonita, aunque eso tampoco consigue despertar ningun sentimiento en mi.
Esa es la diferencia, que sin corazón no se puede sentir nada.
Tampoco importa, ya he llegado.
El acantilado de los enamorados parece la frontera entre la realidad y el paisaje, entre aquello que conocemos y una serranía compuesta por rumores, miedos y piedras afiladas. Cuenta la leyenda que dos jóvenes cuyo amor era imposible decidieron saltar desde el borde, pero creo que la historia existe desde incluso antes que el barranco.
Paso las piernas por encima de la barrera, que no tiene más de un metro de altura, y me pongo sobre una piedra, al otro lado.
A cualquier otra persona, la vista le habría encogido el corazón, sobre todo la que se abría a mis pies, garganta interminable de altura y aire, pero a mi sólo me pareció algo efectivo para acabar con mi pequeña vida.
Antes de saltar, de poner fin a todo lo que existe, tengo que parar a preguntarme el motivo, la razon, el porqué de esa decisión. ¿Dolor?¿Tristeza?¿Desesperación?
No, nada de eso. Todo eso era de "antes".
Ahora sólo siento la sangre siendo bombeada monótonamente a traves de mis arterias. ¿Porqué, entonces?¿Para qué matarme? Creo que es simplemente porque no queda nada en este mundo que me merezca la pena, que me despierte la más mínima emoción.
Sucede simplemente que nada es capaz de hacerme sonreir, y nada es capaz de hacerme llorar. Sólo eso. Estoy sentada. ¿Cuándo me he sentado?
Me incorporo y miro para abajo. Dejando de lado algunos pequeños salientes y una o dos ramas, todo es vertical.
Doscientos metros de caida libre: Ni siquiera me va a doler.
Un segundo de tensión, un pequeño salto y ahora... vacío.
Caigo, pero no siento el viento. Bajo, pero no veo el suelo acercarse. Respiro, pero no entra aire. Existo, pero el tiempo desaparece. ¡VERDE!
Lo siento contra mis costillas, contra mi frente. Lo veo, el suelo. Siento el viento sobre mi. Respiro, y huele a tierra. El tiempo vuelve a girar.
Estoy estampada contra el suelo, pero el maldito sístole y diástole continua, pum, pum, pum, como para demostrarme que aun está ahí, que he vuelto a fracasar.
Oigo pasos ¿Pasos? Pasos al fondo del abismo, donde la luz no se atreve a llegar y las plantas no se atreven a germinar, donde los niños arrojan avioncitos de papel para contemplar como caen hacia una muerte segura.
No puede ser.
-¿Estás bien? Miro arriba; una mujer sin cara me está hablando.
Es eso o que tengo los ojos borrosos o que me importa una mierda su cara. Está gorda, eso si lo he visto, y sujeta en la mano una bolsa de la compra mientras me mira incómoda a través de sus gafas de culo de vaso.
- ¿Estás bien?- Repite.
- Sí, sí... Desaparece, se va, ya no existe más señora gorda sin cara. Me incorporo y miro alrededor.
Aquí hay demasiada gente
¿Qué ha pasado con mi fondo de barranco? Miro hacia arriba, buscándolo, pero sólo veo azul y nubes. ¿Dónde estoy?
Ah, ya lo sé. Esa esquina me suena, ahí solía estar la heladería que tanto me gustaba de niña. ¿Seguirá allí?

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