dissabte, 3 de setembre del 2011

Está harta, cansada de todo. De casi todo. Está cansada de la rutina, de que le digan qué hacer, de ser una marioneta de lo que los demás quieren de ella, de que todos intenten hacer que piense igual, que sea una más del montón. Está cansada de los gritos, laspeleas, de no poder estar en paz. Está cansada de no poder recordar lo que era el silencio, la tranquilidad, la paz. Ella a veces simplemente quiere dormir por mucho tiempo, dejar las cosas ser, desconectarse, irse. Pero entonces llega él, ese casi que no le hace odiar todo. Él, que con sus sonrisas le hace pensar que una rutina llena de ellas no sería molesta. Él, que con sus comentarios no le dice qué hacer, sino que la impulsa a pensar por sí misma, a liberarse y disfrutar, él, que la hace sentir única. Él, que nunca grita, que nunca pelea, que le otorga la paz que necesita. Que la deja estar en silencio cuando la conversación murió, pero que luego la retoma con más alegría y risas. Él, que es tranquilo, que piensa mucho antes de hacer, que le transmite esa paz. Él, que aunque se enoje con ella, lo hace de forma diferente y no dura mucho, porque en poco ya están diciendo las mismas idioteces de siempre. Él, que gusta de perder su tiempo con ella. Su valioso tiempo. Y cuando él se va, ¿ella qué hace? Toda la desesperación vuelve a tragarla, porque él parece llevarse la paz que ella tanto quiere, el silencio que pide a gritos. Entonces ella se da cuenta de que depende mucho de él, que necesita estar con él, y que el destino no siempre está de su lado. Intenta aferrarse a él, disfrutar lo más posible su tiempo con él, porque luego cuando no esté a su lado, tendrá que valerse del recuerdo para intentar sobreponerse a la rutina hasta que vuelva a verlo.

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